Por Juan Palomar Verea 

Porque atrasa a la ciudad y por lo tanto es una medida reaccionaria. Porque reduce las posibilidades de habitarla más plenamente, para propios y extraños. Porque expresamente declara que las calles están destinadas, muy principalmente, a los vehículos de motor y amplía así la exclusión en los espacios públicos. Porque deja sin trabajo a un antiguo y respetable gremio urbano. Porque termina con una tradición centenaria que es una de las bases de nuestra memoria histórica y, por ende, de la deseable modernidad. Porque eliminar la presencia equina de las calles tapatías resta belleza y variedad a los paisajes urbanos.

Curiosamente, la acción de prohibir los coches de caballos de los ámbitos públicos refuerza la noción de que la ciudad no es capaz de gobernarse correctamente. Ni en cuestiones de tránsito y respeto del derecho a las calles ni en el de control del estado adecuado y óptimo de las caballerías utilizadas por los carruajes.

El argumento de que “los caballos sufren” resulta miope y, en términos estrictamente laborales para los equinos, discriminatorio y altamente perjudicial: de prohibirse las calandrias, todos esos caballos terminarán, en el corto plazo, en el rastro. Peculiar manera de “protegerlos”. La práctica de los caballos de tiro, como la de los utilizados en el transporte y en los deportes ecuestres —entre ellos la charrería—, es milenaria. Y, cuando es razonable, cuidadosa y bien hecha, no presenta demérito alguno para los equinos. Porque, de entrada, los jinetes, aurigas o arrieros inteligentes son los primeros en cuidar esmeradamente de sus animales. El trato de hombres y caballos, como en el caso de todos los animales domésticos, de las palomas mensajeras a las gallinas, de los perros y los gatos a los guajolotes, de las vacas a los chivos y los conejos, debe estar siempre sujeto a prácticas sanas, compasivas, correctas.

Declarar la extinción de las calandrias porque el Ayuntamiento y los calandrieros son incapaces de darles a los caballos un trato adecuado equivale a una admisión de impotencia en la gobernabilidad de la ciudad y a una discriminación y a una descalificación para los conductores de los carruajes, y para los usuarios, locales y foráneos. Mucho se ha repetido: ¿de dónde sale el dañino complejo de inferioridad? ¿Por qué si en tantas ciudades hay exitosos y correctos coches de caballos aquí no es posible aspirar a tal logro?

La pretendida sustitución de las calandrias por carcanchitas eléctricas es, para colmo, una regresión más. Tales vehículos son una mala simulación, un sucedáneo, una ridícula y antipedagógica falsificación “a la antigua” de una verdadera tradición. Una calandria sin caballo es un sinsentido grotesco, una constatación de que Guadalajara, en este aspecto, no sabe respetarse a sí misma y mantener dignamente su patrimonio inmaterial y urbano.

Esperemos que este asunto, como ha pasado en otros casos con la autoridad municipal, sea debidamente consultado y reflexionado. Guadalajara no está para sufrir más pérdidas en su identidad y su patrimonio. Las calandrias son una parte muy significativa de ellos. Seamos progresistas, mantengámoslas de manera adecuada, óptima. Ni modo que ni esto podamos.

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