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  • ALFONSO VÁZQUEZ SOTELO
Cuando los charros aparecían en los desfiles patrios del 16 de Septiembre y 20 de Noviembre, mi abuela exclamaba: ¡esos son hombres de verdad! Para nosotros era un alivio, pues siempre eran el último contingente de esos eternos desfiles, pasando el último de ellos en ese punto podíamos romper filas o bien comenzaba la desbanda a los sitios de convivencia social. Por haber desfilado obteníamos una recompensa holgada. Dinero para una nieve, la entrada al cine, o algo más.
El gusto por los charros se debía entre otras cosas, a que ella había migrado del campo a la ciudad. El uso del caballo se fue perdiendo hasta convertirse en una actividad especial, con un hálito de alcurnia y posición económica muy desahogada. Costear uno o más animales ahora tiene un costo formidable.
(“La charrería es el conjunto de destrezas, habilidades ecuestres y vaqueras propias del charro mexicano”).
Mi abuela reunía la hombría con la actividad del manejo de los animales, ser hombre era por antonomasia ser charro. Todos los que no estaban en ese perímetro tenían sospechas.
La radicalidad de su percepción respondía a los modelos estéticos y sociales con los que la sociedad se comportó hasta los años 40s del pasado siglo. Ser hombrecito o ser hombre, correspondía a un sector que no estaba afeminado, por tanto, el charro concentraba esa osadía. Hubo una época, fines del siglo XIX y primera parte del siglo XX, en que se tenía la visión de que el hombre debía ser “feo, fuerte y formal”.
Este comportamiento hacia un hombre de apariencia dura, falto de cariño, con expresiones de afecto limitado, duros y secos. Dar la mano no, ni que fuera perico. La hombría llevaba a imponerse a como diera lugar, aunque no hubiera razón, con gritos se arreglaba. El manotazo, el golpe, el desaire era un comportamiento, que tenía su buena fanaticada y, la sigue teniendo.
La mujer de ese momento era sumisa, abnegada hasta el llanto, gris hasta en el vestido; fiel, con la mirada baja, no se entrometía en las pláticas de señores, si hacía coraje de todos modos hacía de comer; pues al hombre se le gana por la panza.
Feo, es decir naturalito, no debía hacerse ningún arreglo, incluso aunque tuviera una verruga prieta en la nariz, era como Dios lo había traído al mundo, fungía como proveedor, abastecía lo necesario, en ocasiones con suficiencia, era el que nos arropaba y defendía de cualquier adversidad. Un padre para sus propios hijos y para quienes dependían de su gracia.
No ser así de recio era ir por el desfiladero de masculinidad, era los afeminados al infierno que les esperaba. Todo lo que se usaba era tosco, jorongos, sarapes, camisas, zapatos. Lo fino era para fiestas o días muy especiales o para los señoritos.
Fuerte no se refería a lo atlético, sino que fueran fibrosos, que pudieran ayudar en las tareas cotidianas con holgura. Sin pandearse.
Formal era tener palabra, no importaba qué asunto fuera, dar la palabra era un contrato de buena ley, se cumplía a carta cabal. No hacía falta el papelito.
120 años después el hombre se arregla, de forma tal que se vuelve exquisito. La mujer es más inquieta, la moda hace estragos en su forma de vestir, alguna más varonil.
La fealdad se mide con otros parámetros. Ambos van al gimnasio, se modelan los cuerpos e incluso se forman carrocerías llenas de egoísmo y admiración. Lo bellos es espectacular.
La mujer también se volvió proveedora, decide cosas familiares con soltura, en ella recaen muchas actividades que en otro tiempo eran exclusivas del varón. Esa correlación de fuerzas hace que instituciones como el matrimonio tenga muchas asimetrías y abusos domésticos poco reflexionados y menos atendidos.
En términos generales, tenemos una población más escolarizada, las mujeres son más en número en las escuelas y oficinas, pero se sigue adoleciendo de buenos trabajos y salario.
La fuerza se mide en los éxitos laborales, académicos, económicos y sociales. ¡Traen para gastar!
La palabra perdió su peso específico y ahora sólo el papelito habla. Hay desconfianza y falta de lealtad.
Es una sociedad que anuncia dolores de parto, una casa nueva.
La tecnología va unida a nuestra vida, se tiene más confort, pero a la vez más insatisfacción.
Vidas que corren enganchadas a los buenos parámetros de la vida económica pero se descarrilan.
Feo, fuerte y formal se trocó por atractivo, arreglado, musculoso, y desconfiado.
¿Usted qué piensa, estimado lector?
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