El Señor Rogelio Rodarte Sánchez nació en el año de 1971 en la ciudad de Jerez. Sus estudios abarcaron sólo la primaria, ya que siempre anduvo al lado de su papá, pues un tiempo estuvieron radicando en Guadalajara,  casi once años. Luego entró a trabajar en un taller donde aprendió la confección del botín charro, con un hijo de Don Miguel García y que se llamaba Pepe, a quien le decía “La Chepina”.

Con su esposa procreó cuatro hijos, tres mujeres de diecinueve, diecisiete, diez y un niño de cuatro. Al inicio todos se interesaron en el oficio; recuerda que las hijas de chiquitas le ayudaban a quitar el clavo de la punta, pero conforme fueron creciendo ya no se tiene el interés, sino que sus expectativas ya son otras.

Respecto a lo que se ocupa para hacer un botín; primeramente, explicó, “son los moldes para cortar las piezas del zapato, que son de acuerdo a las medidas de lámina; el molde para el resorte y la cinta de oreja para estirarle al botín.

Luego de que se saca el corte en la piel y tela tipo manta, que sería como el forro, se cose el corte y se va dejando ya como es lo referente a la costura y después se pasa al montado, para ello se emplean las hormas según el número de pie.

Posteriormente, la planta que lleva el botín se pone y se empieza a recortar; para que quede el montado se levanta la parte para el forro o entretela y se le agrega una especie de casquillo que va en la punta y el contrafuerte para el talón (que como es duro se mete en un activador líquido que ablande) y luego se quitan los clavitos; se unta el pegamento que es el resistol amarillo, luego se orea.

Después se utilizan las pinzas para montar,  las cuales van estirando y amoldando  con golpeos para que pegue bien y quede ajustado a la medida. Se unta nuevamente pegamento. Se coloca el líquido del activador para que ablande y se instala en la punta o el talón,  se deja orear después y con una cuchilla o bisturí se retira el sobrante de la suela para que no queden bordos o brumos, ya que al secarse vuelve a quedar duro.

Se continúa con la monta de la punta y la puesta de la suela, que puede ser  de hule o de vaqueta; mientras las pieles que se usan son de napa, carnaza o cuero volteado, piel de boleado,  gamuza o piel buc.

Para clavar alrededor se utiliza la tachuela, para detener se usa el 9/21 y para la suela también se utiliza clavo más grande. Así como la costilla para que agarre macicez y evitar que se doble, luego sigue la suela y por último se le pone el tacón. También puede diferir en la costura que puede llevar o no. A veces les ha hecho  cambios, como lo ha sido ponerle cierre al botín porque en ocasiones les es difícil y batallan para ponérselos, por eso le cambia el resorte  a lo que es la cremallera.

Aparte de hacer el botín hace arreglos de todo tipo como agregar piel, poner suelas o tapas. En cuanto a su papá, comenta que en su casa tiene un pequeño tallercito donde sólo se dedica a reparar calzado.

Sus zapatos los ha distribuido con Don Chon de la Torre, Don Cuco Martínez; le hacía los botines a la Señora María Luisa de la Cruz y a “La Chepina” (que en paz descansen – comenta-),  un tiempo a Memo del Río; dice que cuando comenzó a trabajar Don Miguel tenía el taller en la Alameda y luego se cambió a La Nacional enfrente de El Nuevo Mundo.

Cuando continuaron ya por su cuenta pusieron el taller por el callejón Angosto (a media cuadra más o menos) y desde hace seis años hacia el callejón Allende donde a la fecha sigue instalado para servir a quien desee mandar hacer unos botines charros o reparar su calzado.

También acuden para llevar el botín gente de otros lados como un señor de El Chiquihuite, del pueblo de Susticacán, de Tepetongo, Huejúcar, Fresnillo, Zacatecas, Guadalupe, cuando vienen los paisanos a las ferias y en las vacaciones, entre otros.

Por último, lo volvemos a decir y a repetir, cuantas veces sea necesario, que lo hecho en México está bien hecho, y seguiremos invitando a echar una mirada a este tipo de arte y oficio que no tiene comparación y que si de verdad se presume y/o propone la preservación y conservación de nuestras tradiciones, usos y costumbre a través de su rescate, promoción y difusión; aquí se tiene un ejemplo más de la cultura y tradición oral.

Que no se eche en saco roto como otros tantos proyectos o propuestas que se ventilan pero que jamás se activan por la falta de interés, tanto de quienes consumimos como de autoridades comisionadas a determinados programas o departamentos responsables de encauzar estas ideas.

De antemano agradecemos y felicitamos al señor Rodarte Sánchez por su disponibilidad y accesibilidad para esta nota deseando lo mejor para él y su familia, a la vez que está dispuesto, si algún día se le requiere, para dar un taller al respecto.

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