• DORA ELIZABETH MOLINA G.

 

 

Ya desde cuando la charrería es reconocida a nivel nacional e internacional como patrimonio cultural de México, por ser prácticamente la única aportación que el país ha hecho al deporte mundial, mismo que se practicaba, hasta antes de los años cincuenta del siglo pasado más que el famoso fútbol.
La sociedad mexicana estaba compuesta en un porcentaje muy amplio por gente de campo, después de las haciendas, los ranchos principalmente, fueron lugar fértil para que toda la actividad que engloba la charrería se reforzara y las competencias entre equipos de un lugar y otro, era precisamente montados a caballo.
Desde luego que ya desde antes de mediados del siglo pasado empezó a fomentarse fuertemente el área industrial y se requería una gran cantidad de mano de obra, u obreros, por lo que el campo, convenientemente dejó de producir y los apoyos se fueron adelgazando de tal manera que hasta la Secretaria de la Reforma Agraria dejó de existir.
Ya no había tierras que repartir, pues ya se había legalizado la figura del ejido y supuestamente todos los campesinos eran dueños de su parcela, –misma que casi de inmediato, en muchos casos vendieron al mejor postor, y no se hicieron ricos—, ya no había campesinos ni causa que defender y por lo tanto esa dependencia ya no tenía razón de ser.
Y sigue siendo, el campo,  no prioridad para las autoridades de todos los niveles por lo que en esta mula y en muchos otros documentos que con frecuencia publica EL DIARIO de Coahuila –cual más-,  se comenta la desolación que vive el campo y la gente que aún se atreve con mucha valentía a vivir en esos lugares.
El charro y su vestimenta era reconocido por las demás culturas como uno de los personajes más bien plantados, lucidor y varonil, sobre todo cuando como prototipo se difundía la imagen de Jorge Negrete, el cual enamoró, sin querer queriendo a las muchachas de la época que suspiraban por él y no únicamente por el traje de charro.
La fiesta charra era obligada en cada rancho en donde dos o tres veces al año, se daban cita los mejores jinetes que apostaban dinero, montura y  a veces hasta el caballo en una carrera, en donde la palabra era ley. Pero también eran artistas en una serie de suertes, como el famoso paso de la muerte, el cual consistía en pasar –valga la redundancia- de una a otra bestia.
Y los que no tienen ni idea de lo que estoy escribiendo, sobre todo los que tienen menos de 18 años, dirán que “eso ni chiste tiene”, pero debo agregar que se hace a todo galope, a no sé cuántos kilómetros por hora en un ruedo de tierra que no ofrece muchas garantías para salir ileso y sin embargo había jinetes que ni el sombrero se les caía.
El coleadero es otra suerte que disfrutaban con toda regularidad, pues se requería de muchachos que dominaran al caballo y tuvieran gran fuerza, pues se trata de alcanzar a un becerro o a una vaquilla y en plena carrera tomarla de la cola y hacer que se caiga, lo cual, les aseguro no es nada fácil, pues a la mejor es más complicado que meter un gol.
Las muchachas también tenían su parte en el deporte de la charrería, ya que antes de iniciar el jaripeo, ellas realizaban una especie de desfile montadas en yeguas o en carretas adornadas con flores e imágenes casi siempre religiosas y listones dispuestas a competir entre ellas para ganar un premio.
Además de los vestidos, el calzado y el arreglo de sus trenzas las convertían en reinas de la fiesta. Se entrenaban durante todo el año para realizar una serie de suertes que daba la impresión que así se hacían en la antigua roma, porque también iban las carretas tiradas por caballos y no estaban exentos de darse sus encontronazos y raramente estaba presente la Cruz Roja, como en la actualidad.
En mi opinión la charrería debería ser rescatada y practicada por los niños o jóvenes en uno de los grados académicos obligatorios, aunque también sé que eso es casi un imposible, porque si los niños y jóvenes van a la escuela sin desayunar o comer y muchas recorren grandes distancias para llegar a la escuela, ya me imagino, ¡pobres animales! Ojalá que ese deporte nacional, que hoy vuelve a recordarse como patrimonio cultural, no sea solo de élite,  se olvide y pase a la historia, como tantas otras riquezas culturales del pueblo mexicano.
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