La idealización de esa mujer joven, bella, sumisa, motivo de mitos y canciones ha ocasionado el olvido de las mujeres que contribuyeron al movimiento revolucionario con su trabajo, con sus ideas, con propuestas tan avanzadas en su tiempo como la de establecer el voto femenino en México.

Gabriela Cano
Profesora investigadora de El Colegio de México

Archivo Casasola / INAHEn el 2010, año de conmemoraciones del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución mexicana, las mujeres independentistas han alcanzado una visibilidad mucho mayor que las vinculadas con la Revolución mexicana.

Leona Vicario, la Corregidora Josefa Ortiz y la Güera Rodríguez se han convertido en personajes de novelas, obras de teatro, series de televisión y películas, además de ser materia de obras históricas.

Las mujeres de la Revolución mexicana, en cambio, han interesado menos a editores, escritores, historiadores y guionistas y, en general, permanecen en el olvido.

La atención a Leona Vicario y Josefa Ortiz de Domínguez no es novedosa; ambas se constituyeron como heroínas hace un siglo durante las Fiestas del Centenario de 1910, organizadas por el gobierno de Porfirio Díaz.

En ese año, Genaro García publicó una biografía sobre Vicario en la que el cronista, bibliógrafo y defensor de los derechos individuales de las mujeres, hace gala de un rigor documental poco frecuente en la biografías de héroes y heroínas.

Los rituales de la memoria que se llevaron a cabo en aquel 1910 incluyeron la colocación de una placa conmemorativa en la casa donde falleció doña Leona y la celebración de una ceremonia cívica en una escuela primaria que llevaba su nombre.

También se develó una estatua de Josefa Ortiz y se inauguró una escuela de Artes y Oficios con el nombre de la esposa del Corregidor Domínguez.

Por su parte, la Güera Rodríguez se incorporó al elenco de las mujeres célebres de la Independencia casi medio siglo después, a partir de la biografía novelada que Artemio de Valle Arizpe le dedicó, en 1949, a la adinerada partidaria de Miguel Hidalgo y amante de Agustín de Iturbide.

Salvo excepciones como la serie televisiva Revolucionarias, dirigida por Ana Cruz (que se estrenó en el mes de noviembre del 2010, canal 22); la estatua de Leonor Villegas de Magnón, fundadora de la Cruz Blanca Constitucionalista, develada en el pasado mes de junio en Nuevo Laredo, Tamaulipas; o la serie radiofónica Miradas de género a la Revolución mexicana, transmitida por las frecuencias del IMER y Radio 2010, que me permitió conversar con Yuriria Contreras, ha prevalecido el desdén de editores, historiadores, escritores y guionistas hacia el protagonismo múltiple, diverso y altamente significativo de las mujeres en la Revolución mexicana.

Si acaso, se ha prestado cierta atención a Carmen Serdán, un icono de de la historia oficial.

¿A qué se debe el persistente desdén de las mujeres que contribuyeron al movimiento revolucionario? Una parte de la respuesta radica en el enorme peso de la mítica Adelita en la memoria de la Revolución mexicana, cuya idealización y omnipresencia es la razón central de la casi total invisibilidad de las mujeres revolucionarias.

Cuando me refiero a la mítica Adelita no quiero desestimar la importancia de las mujeres rurales que se hicieron cargo de la infraestructura de los ejércitos combatientes en la Revolución —zapatista, villista, federal, etcétera.

Nada más alejado de mi intención que menospreciar la contribución de estas mujeres rurales, sino mi argumento es que esa idealización de una Adelita joven, sexualmente atractiva y sumisa, es una suerte de “tradición inventada”, a la manera de Eric Hobsbawm, que corresponde a un estereotipo de género que tomó fuerza en los años treinta y cuarenta.

Creo que estamos ante uno de los tropos culturales que llevó a invisibilizar a las mujeres de diversas posiciones sociales, regiones y filiaciones políticas que participaron como propagandistas, espías, mensajeras, redactoras o enfermeras en la guerra. Dentro de una lógica de género la Adelita operó como un complemento binario al revolucionario estereotípico, al revolucionario valiente, de una pieza, con poder militar, político y poseedor de alguna ideología que se impuso en la memoria de la Revolución mexicana.

A diferencia de Madero, Zapata, Carranza, Villa o tantos revolucionarios locales conocidos por nombre y apellido y por sus hazañas militares y políticas, la Adelita es anónima, no tiene apellido, ubicación regional, ni filiación política.

Puede colocarse en cualquier momento histórico, en cualquier facción; siendo muy femenina es adaptable a cualquier narrativa revolucionaria.

La Adelita surgió como tema de interés periodístico en los años treinta, cuando se instauró la moda de que las jovencitas se disfrazaran de Adelitas en los desfiles del 20 de noviembre.

Con su acostumbrada ironía, Carlos Monsiváis observó en el prólogo al libro Género, poder y política en el México posrevolucionario (FCE, 2009): “Corrieron miles o decenas de miles de versiones sobre la identidad de la verdadera Adelita, y, durante una etapa, no había mexicano o mexicana que se respetara carente de un testimonio personal o familiar de Adelita: ‘Era una señora que vivía enfrente de la casa de mi mamá’.

Aparecieron muchas notas de prensa, así como folletos, y hasta libros para demostrar que Adelita —la verdadera— era de Chihuahua, Durango, Laredo, o de cualquier otro sitio.

Como tema del cine mexicano, la influencia de Adelita en el imaginario cultural del siglo XX fue aún mayor”.

Una de las intervenciones periodísticas más notables fue la del abogado socialista, frecuente colaborador de la prensa en el periodo cardenista y secretario de Gobierno del estado de Durango, Baltasar Dromundo, quien dedicó todo un libro a tema para concluir que la Adelita era… ¡la novia de México!

Centrar la atención en un personaje abstracto, en una idealización de esta naturaleza, no hizo sino dejar en el olvido a los personajes históricos concretos, cuyos testimonios en gran parte se perdieron.

Es necesario navegar a contracorriente de la Adelita para escribir una historia que coloque a las mujeres en el centro del escenario histórico y se ocupe de personajes tan significativos como Buenaventura García viuda de Colima, ruda espía y mensajera zapatista que fue capaz de resistir las presiones del ejército constitucionalista de Pablo González; o Hemila Galindo, quien presentó al Congreso Constituyente de 1916-17 una propuesta para establecer el voto femenino en México.

O Elena Arizmendi, maderista, quien encaró un feroz conflicto con la Cruz Blanca Neutral, asociación de socorro medico filantrópico que ella había formado para atender a los heridos de guerra que se encontraban abandonados a su suerte ante la inmovibilidad de la porfirista Cruz Roja Mexicana.

Ninguna de las tres mujeres mencionadas a vuelapluma y a manera de ejemplo reúne los rasgos de juventud, sumisión, belleza complaciente y ausencia de compromiso político característicos de la Adelita, y precisamente por eso, sus historias y contribuciones a la sociedad y cultura revolucionarias merecen conocerse ampliamente, como también vale la pena investigar y dar a conocer las historias de muchísimas más mujeres que tomaron parte en la Revolución mexicana y que cuando fue el Centenario permanecen en la invisibilidad.

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