litografía novohispana, chinaco capoteando a caballo un toro
  • Jesús Alfonso Ayala Toledo
Consumada la conquista de los pueblos mesoamericanos, los <<Conquistadores>> habían visto la importancia militar que les había otorgado el caballo contra los pueblos amerindios de Meso-América; por dicha razón durante el primer medio siglo de fundada la Nueva España, desde Sevilla se expidió una prohibición en la cual se les vetaba a los indígenas el uso de los equinos para cualquier labor que ellos realizasen, todo esto por el temor de un posible resurrección militar nativa en contra de los colonos españoles.
Como ya se mencionó, la tauromaquia llegó a México tras el periodo de la Conquista y tan pronto se establecieron los primeros núcleos <<urbanos>> de colonos hispanos, se empezaron a realizar embarques desde los puertos peninsulares con envíos de ganado y cultivos para las colonias americanas.
El ganado español encontró un buen medio para su reproducción en los vastos terrenos del centro y norte de la denominada Nueva España.
Por lo que los rebaños empezaron a aumentar considerablemente de tamaño. He aquí cuando los colonos empezaron instruir a los indígenas en una cultura  campirana y ganadera (muy al estilo español), por lo que empezaron a aparecer actividades relacionadas enormemente con el manejo de dichos animales, en especial los hatos de reses y caballos (coleo, lazo, derribe etc.), los cuales surgieron para facilitar actividades como marca del ganado, o  su captura para posterior doma y uso como bestias de tiro, para los carromatos o arados.
Hay que destacar que es aquí, 50 años después de la Conquista, cuando se derroca la ley de prohibición equina a los nativos, ya que peninsulares y criollos se daban cuenta que los caballos eran necesarios para que los peones de las haciendas realizaran correctamente su trabajo con el ganado; y aunque el cuaco permitió mejorar el manejo de la mayor parte de los animales, encontró un obstáculo con la bravura del ganado vacuno español, en especial con la reses de lidia.
Reses que para su manejo no sólo era necesario su arreo sino también su sometimiento.
Por eso es que los antiguos <<charros>> empezaron a transformar las monturas de sus cabalgaduras.
Destaquemos que los caballos que se destinaban a la servidumbre eran caballos de media raza, caballos que no competían en actitudes y cualidades con los que peninsulares y criollos montaban, ya que aún persistía el temor de una posible resurrección por parte de los Nativos.
Con todo y esto,  someter a un toro de lidia en el campo no era tarea fácil; derribarlo y mantenerlo “inactivo” en el piso mientras era marcado resultaba muchas veces fatal para los mozos indígenas de las haciendas.
Es por ello que se desarrolló la coloquialmente conocida  “reata de lazar”. Esta soga sirve para lograr someter al toro bravo desde una distancia segura y  muchas veces sin necesidad de bajar de la montura, ya que de ser necesario, y en caso de embestida del astado el caballo facilitaría la huida hacia un área segura.
Por otro lado la cabeza de la silla permitía el sometimiento y derribe del burel, enredando el otro extremo de la reata con la que se lazo al burel a esta y  permitiendo usar la fuerza del caballo para tirar de la misma junto al astado; mientras tanto la pechera más ancha, da mayor estabilidad a la montura, facilitando  al equino  tirar con mayor fuerza, usando su musculatura del pecho.
Con el paso del tiempo y de igual forma a como paso con el toreo a pie y el rejoneo en la península ibérica el uso de la “reata” se empezó a elevar a un nivel más estético que iba más allá del uso práctico por el cual fue creada, dando origen al floreo elaborado de la charrería.
Charro mejicano acosando con la garrocha a una vaquilla
     Así fue como estos primeros “vaqueros” mexicanos empezaron a familiarizarse con las reses españolas, cuyas principales características son la rusticidad y bravura, por lo que su trato y cuidado debía ser especial
La técnica hispana con garrocha del “acoso y derribo” de la res quedó prohibida de enseñanza a los nuevos jinetes <<mexicanos>> durante más que el primer medio siglo de la colonia, ya que esta además de ser una faena campera con los astados, también forma parte de un entrenamiento militar para los cuerpos de lanceros a caballo, idónea para repeler otras caballerías.
El temor de una resurrección de los indígenas, antes de que España lograra consolidar su poder en América aún estaba presente en la aristocracia colonial.
<<Con el lazo y con la lanza se forjó el Charro>> dígase del momento en el que por fin España consolido su dominio en su nuevo territorio, por lo que a los mayorales se les empezó a instruir en el uso de la garrocha tal y como se hacía en España.
Curiosamente la pica quedó relegada al uso militar, ya que durante ese primer medio siglo, los charros ya se habían familiarizado a domeñar y manejar al ganado con la reata de lazar.
Desde la formación sincréticamente cultural de lo que sería México, hasta la década de 1940 el toro bravo Español y el caballo Ibérico fueron emblemáticos de la charrería.
Con el tiempo, tanto los terratenientes como sus empleados conformaron, primero en el Altiplano Mexicano y después en casi todo el país, un estilo hípico nuevo, adaptado a las características de este variable y accidentado territorio.
Tras la independencia, proliferaron los hombres “de a caballo” propietarios de pequeños ranchos y de arrendadores independientes que por su condición de mestizos o indígenas, eran conocidos como chinacos; mientras que a los empleados de las haciendas se les llamaba simplemente <<caporales>>, <<Mayorales>> y <<vaqueros>>.
Los hacendados ricos gustaban de ornamentar sus trajes de una forma similar a las de los aristócratas y oficiales de caballería hispanos, pero lo hacían  en trajes con un corte campero andaluz. Por el contrario los jinetes menos acaudalados los hacían adornar con bordados de “pita” (fibra del maguey) o con grecas y calados en gamuza. Motivos de donde se cree nació esa diferencia entre el traje charro de faena y el de Gala.
El charro y torero Ponciano Díaz
En 1880 la Charrería <<profesional>> tuvo su origen, fue entonces cuando apareció el famoso “Charro Ponciano. Ponciano Díaz, originario de la Hacienda de Atenco, dónde fungía como mayoral al cuidado de la cabaña brava en el Estado de México, que a su vez era la primer ganadería que se estableció en América, dio gran impulso a la Charrería, convirtiéndola en espectáculo de valentía y pericia digna de admirar que combinándola con la tauromaquia alcanzaría una difusión muy amplia entre la población de nuestro país.
Para 1889 Ponciano partiría hacia España para dar una exhibición de charrería  y rejoneo, fascinando a los a los madrileños al ser él, el primero en ejecutar la suerte de banderillas a dos manos desde el caballo en la capital española.
Durante el periodo porfirista y el reconcilio político con Europa, la élite social afianzó a la charrería como un exponente cultural del nacionalismo mexicano, llegando ésta  a permearse en demás espectáculos culturales propios de la idiosincrasia del país, tal sea el caso de las corridas de toros, dónde muchas veces los diestros sustituían la típica muleta de torear por el sombrero jarano.
De igual forma se solían presentar delegaciones y espectáculos de charros en el extranjero o bien en eventos diplomáticos dentro de la república. Lo cual hacia resaltar la rusticidad del traje charro, frente al afrancesamiento típico del gobierno del general Díaz.
Culminado el periodo revolucionario del país, la guerra causo estragos en la sociedad mexicana y la charrería y tauromaquia no quedaron exentas de ello. Los acérrimos y continuos combates de las fuerzas montadas habían llevado casi al exterminio de los caballos criollos mexicanos, cartujanos, de origen ibero; por lo que el deporte nacional opto por adquirir caballos Cuarto de Milla para su juerga.
Tendrían que pasar varias décadas, para que se tratara de reivindicar el uso de caballos con origen español en el deporte <<Nacional>>  dando origen al caballo de <<Raza>> Azteca (cruce de caballos españoles y Cuartos de Milla)
Los hermanos Becerril jineteando y capoteando un toro en Madrid
Hacia la década de 1930 con la migración del campo hacia las Ciudad de México surge la Charrería como un deporte reglamentado y se comienza la construcción de los Lienzos Charros, recalcando que anteriormente las faenas charras se realizaban en el campo o en caso de formar parte de un espectáculo cultural se hacían en las plazas de toros.
Con la “modernización” del país iniciada por Díaz y que tuvo su auge por ahí de la década de los 40, la crianza de ganado tuvo un radical cambio en México, se introdujeron razas seleccionadas exclusivamente a la producción de carne y que por consiguiente y para facilitar su manejo carecían de la bravura característica de las reses ibero-mexicanas por lo que el uso de estás ultimas quedo relegado casi exclusivamente a su uso en espectáculos taurinos.
Por consiguiente se empezaron a ver más comúnmente reses descastadas en los ruedos de los lienzos charros, ya que estas empezaron a ser de más fácil acceso dada su rápida integración a la producción ganadera nacional

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